En la luz de la Epifanía, Cristo se manifiesta al mundo como esperanza para todos los pueblos. Los Magos, guiados por la estrella, llegan a Belén para adorar al Niño Dios, reconociendo en Él al Rey que viene a salvar a la humanidad.
Hoy, nuestro pueblo contempla este misterio con la fe sencilla y firme que nos enseña Nuestra Señora de la Soledad, Madre que supo guardar la luz incluso cuando todo parecía oscuridad. Ella, que presentó al Niño al mundo, nos invita a reconocer a Cristo y a ofrecerle lo mejor de nosotros mismos.
Como los Magos, aprendamos a ponernos en camino; a dejar atrás la comodidad, a seguir la estrella de la fe y a postrarnos ante el Señor con un corazón humilde. Que el oro de nuestra caridad, el incienso de nuestra oración y la mirra de nuestros sacrificios sean ofrenda viva al Dios que se hace cercano.
Que Nuestra Señora de la Soledad, fe verdadera de su pueblo, nos guíe siempre hacia Cristo y nos ayude a reconocerlo presente en nuestra vida diaria, en los más pequeños y en los que sufren.
Que la luz de la Epifanía ilumine cada hogar en este nuevo año
y que la bendición del Señor permanezca para siempre entre nosotros.
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