Hoy la Iglesia venera con especial ternura el Dulce Nombre de Jesús, nombre santo que encierra salvación, consuelo y esperanza. Pronunciar su Nombre es invocar la misericordia de Dios, es encontrar refugio en la prueba y paz en medio de la inquietud.
El Nombre de Jesús es luz en la oscuridad, bálsamo para el dolor y fuerza para el corazón cansado. En Él se resumen el amor del Padre y la promesa de vida eterna, pues “no se nos ha dado bajo el cielo otro nombre por el que podamos ser salvados”.
Que este día nos invite a llevar el Nombre de Jesús en los labios y en el corazón, a vivir conforme a su Evangelio y a hacerlo presente en cada gesto de amor, de perdón y de entrega. Que su Nombre sea guía de nuestros pasos y consuelo en nuestras dificultades.
Y que María Santísima, que pronunció por primera vez su Nombre con amor de Madre, nos enseñe a invocarlo siempre con fe sincera y confianza plena.
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